'Las desventuras del crudo en América Latina' por Carlos Malamud

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EXPANSION, 10 Febrero 2016. Si en todo el mundo el sector de los minerales y los hidrocarburos está alborotado, la situación es tanto o más preocupante en América Latina. En el subcontinente, el boom económico de los últimos años estuvo sostenido en el alto precio de las materias primas en general, aunque aquí me ocuparé fundamentalmente de lo que ocurre con los hidrocarburos. La realidad regional del sector es compleja, ya que encontramos importantes países productores (Venezuela, México, Brasil, Colombia, Ecuador) coexistiendo con otros más modestos (Perú, Bolivia, Argentina). Pero también hay algunos que son importadores netos de energía, siendo los casos más extremos los de Chile, las naciones centroamericanas y algunas del Caribe (Cuba, República Dominicana).

Es verdad que el desplome de los precios del petróleo ha golpeado especialmente a los principales productores, si bien a simple vista se observa que su impacto no está igualmente repartido. Esto se puede ver, por ejemplo, en las previsiones de crecimiento del PIB para 2016 realizadas recientemente por el FMI, que señalan caídas en los casos de Venezuela (-8%), Brasil (-3,5%), Argentina (-1%) y Ecuador (-0,6%); caídas que coinciden con tasas positivas para Perú (3,3%), Bolivia (3,1%), Colombia (2,7%) y México (2,6%). Otra cosa muy distinta son las proyecciones a medio plazo, ya que de persistir en el futuro la actual tendencia de precios bajos, los países más dependientes de las exportaciones de hidrocarburos y minerales serían los más afectados. El desempeño de los productores en los últimos años ha variado de forma notable, aunque en buena parte de la región han predominado las empresas públicas (la venezolana PDVSA, la mexicana Pemex, Petroecuador o la boliviana YPFB) o semipúblicas (Petrobras o Ecopetrol) sobre las privadas. No se debe olvidar a YPF, que en abril de 2012 volvió a manos del Gobierno argentino tras la expropiación a que se sometió a Repsol. El caso argentino es bastante singular, ya que debido a las muy ineficientes políticas energéticas de los gobiernos kirchneristas el país pasó de ser exportador de hidrocarburos a importador neto.

Otro ejemplo paradigmático es el venezolano. Tras la huelga petrolera de 2002-2003 Hugo Chávez se desprendió de miles de ingenieros, técnicos y gerentes que fueron reemplazados por personal de menor cualificación pero totalmente afín al régimen bolivariano. Gracias a ello, la producción nacional comenzó un declive imparable, al tiempo que la industria del petróleo colombiana pudo nutrirse de un gran número de cuadros que son uno de los sustentos de su reciente expansión. El mayor o menor peso de los hidrocarburos y otras materias primas en las exportaciones y en cada una de las distintas economías es otro elemento importante para medir el impacto de los bajos precios en los distintos países. Así, por ejemplo, mientras en Venezuela el petróleo supone el 96% del total de sus exportaciones, en México se pasó del 80% en 1985 al 6% actual. En Colombia las exportaciones minero-energéticas alcanzan el 60% del total. A esto hay que sumar la calidad del petróleo, algo que afecta seriamente a Ecuador y Venezuela, y la naturaleza de los yacimientos, como los del presal en Brasil. Tampoco se puede olvidar el sesgo reciente de las políticas públicas y la estructura del gasto. Esta cuestión lleva a centrar la atención en el componente político, que en algunos casos, como Brasil y Venezuela, ha terminado pasando factura al rendimiento del sector energético y al desempeño de las empresas productoras. Sin embargo, la naturaleza de la crisis política que se vive en Brasil, el escándalo de corrupción centrado en Petrobras, es muy diferente de la venezolana, que no sólo se resiente de la pésima gestión de Nicolás Maduro sino también del lamentable estado de PDVSA (Petróleos de Venezuela).

En realidad, estamos en presencia de un círculo vicioso, ya que el descenso del ingreso petrolero o gasista repercute negativamente en las políticas sociales de muchos gobiernos de la región. Y al disminuir el gasto desciende también el respaldo popular que obtienen los gobiernos. El resultado de las elecciones parlamentarias de diciembre pasado en Venezuela es el caso más emblemático, pero no el único. Probablemente la decisión de Rafael Correa de no presentarse a las próximas elecciones presidenciales, pese a haberse aprobado la reforma constitucional que habilitaba nuevas reelecciones, se deba al impacto negativo del decrecimiento económico sobre su imagen pública y la gestión de su gobierno. Y si bien Evo Morales todavía no conoce las dificultades de su colega ecuatoriano, el próximo 21 de febrero habrá un referéndum crucial para el futuro de su gobierno, ya que la población está convocada para aceptar o rechazar la reforma constitucional que permita la reelección indefinida. Pese a todo, se da el caso de que los precios del petróleo no entienden de la naturaleza de los regímenes implicados y si estos son populistas bolivarianos o no. Mientras Venezuela y Ecuador sufren de un modo importante la actual coyuntura, la situación de Bolivia es mucho más cómoda, debido tanto al manejo macroeconómico del gobierno de Evo Morales, que roza la ortodoxia, como a la relación que han establecido las empresas oficiales y públicas (PDVSA, Petroecuador o YPFB –Yacimientos Petrolíferos Fiscales de Bolivia–) del sector con sus contrapartes privadas. En México, por su parte, tras tres años consecutivos de pérdidas, producto de una gestión deficiente y del anuncio de rescate público de Pemex, finalmente la cabeza de su director general, Emilio Lozoya ha rodado por los suelos.

Con los precios del petróleo en sus niveles actuales no hay día en que no tengamos una mala noticia en alguno de los países productores. Una de las consecuencias de la coyuntura bajista es el descenso de las inversiones en la industria y el abandono de la mayor parte de los proyectos de exploración. En consonancia con el descenso de los precios se fueron posponiendo aquellas iniciativas relacionadas con yacimientos de aguas profundas (el presal brasileño), los petróleos pesados (la Faja del Orinoco), o la explotación del shale gas y shale oil (Vaca Muerta). Al mismo tiempo, descendió el atractivo de la producción local para las empresas internacionales. El fracaso del concurso para adjudicar campos de exploración en México, al amparo de la reforma energética del presidente Peña Nieto, o la suspensión de nuevos concursos en Brasil son buena prueba de ello. La necesidad de nuevas inversiones para mantener la actividad petrolera y la salud de las empresas energéticas públicas será cada vez más acuciante. La extrema debilidad de Pemex y Petrobras son sólo dos ejemplos a tener en cuenta. Los gobiernos latinoamericanos productores de hidrocarburos observan el actual momento con evidente preocupación. Disminuyen los ingresos fiscales y la inversión extranjera, se recorta el gasto público, se paralizan proyectos, aumenta el desempleo, hay regiones que comienzan a despoblarse. Sin embargo, también podrían aprovechar la coyuntura de precios internacionales de los combustibles fósiles para reducir subsidios directos o indirectos que drenan de forma importante sus menguantes recursos o para impulsar las energías renovables. En algunos casos sostienen precios mínimos del combustible (Venezuela) y en otros muy por encima de los internacionales, como es el caso de Argentina. El sector de los hidrocarburos en América Latina está frente a una encrucijada que no debería dejar pasar sin más, como hizo en repetidas ocasiones en el pasado.

Carlos Malamud

Investigador principal para América latina del Real Instituto Elcano