10 Ene 2020

elEconomista, 10 Enero 2020. La muerte del General Soleimani ha ocupado las portadas de todos los medios de comunicación, y no es para menos. La escalada de tensión en el Golfo Pérsico puede desencadenar un conflicto con alto coste en vidas humanas, pero además tiene el potencial de afectar gravemente el crecimiento económico mundial. Históricamente, la mayor parte de las recesiones han tenido su origen en una caída abrupta de la demanda de bienes y servicios. Esta caída de la demanda agregada puede ser provocada por una crisis financiera, la necesidad de corregir fuertes desequilibrios macroeconómicos, un hundimiento en las expectativas de futuro… o una combinación de todas o algunas de las causas. En estos casos, la caída de actividad viene acompañada de una desaceleración de los precios y de desempleo, y para combatir estas recesiones hemos desarrollados un arsenal de medidas de política monetaria y fiscal, que tarde o temprano, terminan haciendo efecto.

Sin embargo, en ocasiones las recesiones se producen porque un factor productivo esencial se hace más escaso y sube de precio. En ese caso, al tener menos factores productivos disponibles producimos menos, se reduce el empleo y simultáneamente generamos inflación. Es lo que se denomina un shock de oferta, y tiene una solución mucho más compleja, pues la pérdida de productividad asociada al mismo sólo se resuelve dotando de mayor flexibilidad y eficiencia a la economía, lo que es más difícil de ejecutar que las políticas expansivas de demanda.

En los años setenta, el mundo experimentó dos choques de oferta negativos asociados a la elevación de los precios del petróleo, y, en ambos casos derivados de conflictos políticos en Oriente Medio, que es la zona del mundo con mayor porcentaje de producción y reservas de petróleo. El primer shock se debió a la guerra del Yom Kippur en 1973 entre Egipto e Israel, y el segundo en 1979 como consecuencia de la revolución iraní. El impacto sobre las economías occidentales fue devastador. Los dos shocks, tan cercanos en el tiempo y que creaban simultáneamente paro e inflación, se llevaron por delante a todos los gobiernos de América y Europa, y abrieron la puerta nuevas formas de política económica que buscaban ganar eficiencia y productividad.

El recrudecimiento de la tensión en el Golfo Pérsico en los últimos meses ha tenido episodios que han afectado temporalmente el precio del petróleo durante breves períodos de tiempo, pero en caso de que se consolidaran unos precios del barril del crudo muy por encima de los niveles actuales, ¿qué consecuencias tendría sobre la economía global?, ¿se podría volver a repetir el fuerte impacto que tuvieron la subidas del precio del petróleo en los años setenta?, o por el contrario, los avances en eficiencia energética y la aparición de fuentes energéticas alternativas nos han hecho mucho menos vulnerables al impacto de los choques petrolíferos.

Para contestar a estas preguntas es preciso analizar los datos que la Agencia Internacional de la Energía nos ofrece sobre evolución de la oferta primaria de energía, a nivel mundial y por países, desde 1990 hasta 2017 (aún no ha publicado datos de los dos últimos años). Entre 2017 y 1990 la producción mundial de energía ha crecido un 60%. Este incremento se ha debido en su mayor parte a las zonas emergentes, cuya industrialización, y el incremento de su renta ha aumentado la demanda de energía de forma importante. Para hacernos una idea, tres quintos de este incremento de la demanda de energía a nivel mundial se concentran en China.

En este mismo período la producción de petróleo se ha incrementado en un 38%, por debajo del crecimiento de la demanda total de energía, pero la producción de carbón ha aumentado un 75% y la gas natural en un 87%. El petróleo ha perdido algo de peso en el mix energético mundial. Si en en 1990 suponía el 37% de la energía primaria, en 2017 este porcentaje se había reducido hasta el 32%. Pero esta reducción en el peso del petróleo en la producción de energía primaria se ha visto compensada por el mayor peso del gas y el carbón, de forma que el total del peso de los hidrocarburos se ha mantenido prácticamente constante en el 82% de la energía primaria producida. Para tener una referencia, las nuevas energías renovables (solar, viento, biomasa, etc.) apenas alcanzaron el 2% de la energía producida en 2017. Mientras tanto, China ha multiplicado por cuatro su producción de carbón entre 1990 y 2017, y su consumo de carbón es más de siete veces superior a la producción de energía de todas las instalaciones de renovables juntas a nivel mundial. Es decir, el consumo de hidrocarburos ha crecido desde 1990 un 60%, y su peso no se modifica en mix energético global.
Los precios de los hidrocarburos correlacionan entre sí, ya que a través de diversos procesos químicos, el gas natural, el carbón y el petróleo se pueden sustituir mutuamente con mayor o menor facilidad. Esto hace que, si sube el precio del petróleo, no tarda mucho en afectar al precio del gas y al del carbón. Como el mercado del petróleo es el más líquido y transparente, sigue siendo el mercado de referencia para todos los hidrocarburos, y por ello una elevación del precio de este termina repercutiendo sobre el precio final de todos los hidrocarburos, que es más del 80% de la energía consumida.

Además, los hidrocarburos, en especial ciertos derivados del petróleo, son difícilmente sustituibles por otras formas de energía en el transporte como la electricidad. Por mucho que se ha avanzado en el vehículo eléctrico, el problema del transporte es cómo trasladar la energía que mueve el vehículo en el propio vehículo que se está moviendo, y hacerlo sin incrementar mucho el peso, ni su tiempo de repostaje. Esto es cierto para cualquier vehículo terrestre o marítimo, pero todavía más para los aéreos. En este sentido, el litro de gasolina, gasóleo o queroseno contienen una gran cantidad de energía con un relativo poco peso, lo que hace posible el transporte a larga distancia y con infraestructuras relativamente baratas. El tráfico aéreo, el comercio marítimo y buena parte del transporte terrestre siguen dependiendo en buena medida de los derivados del petróleo, y su demanda es creciente en un mundo emergente que comercia y converge en renta.

Por ello, aunque el mundo desarrollado es algo menos dependiente del petróleo, y de los hidrocarburos en general, el mundo en su conjunto no lo es. Y el precio del petróleo, como referente del precio de los hidrocarburos, sigue representando el precio fundamental de la mayor parte de la energía. Por todo ello, para evitar una crisis mundial, confiemos en que la escalada a bélica no vaya a más y el precio del petróleo no se eleve en exceso sobre los niveles actuales. Ni Irán, ni Estados Unidos están interesados en provocar una recesión mundial, y como consecuencia de ello, por el momento, la respuesta de ambos se ha mantenido dentro de ciertos límites.

Alberto Nadal. Economista.

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