17 Abr 2018

LA RAZON, 17 Abril 2018. La teoría de «peak oil» sostiene que la humanidad ya ha alcanzado un punto de máxima extracción de petróleo y que, a partir de ese momento, la producción anual de crudo sólo puede decrecer irremediablemente. En el caso específi co de EE UU, se ha convertido en un lugar común la idea de que el «peak oil» se registró en 1970, año en el que se extrajeron 3.500 millones de barriles de petróleo. Desde entonces, la producción petrolera estadounidense fue descendiendo ejercicio tras ejercicio, hasta el punto de que en 2008 apenas se obtenían 1.800 millones de barriles anuales (casi un 50% menos que en su punto máximo). Con tan depresiva tendencia, los defensores del «peak oil» vieron confirmados todos y cada uno de sus pronósticos... hasta que la tendencia comenzó a cambiar. 

A partir de 2008, la producción de barriles de petróleo empezó a aumentar sostenidamente merced a la revolución del «fracking». La fracturación hidráulica o «fracking» es una nueva técnica que  permite extraer mucho más petróleo del subsuelo y gracias a la cual EE UU ha ido incrementando anualmente su producción de petróleo desde 2008. Tan es así que, de acuerdo con las previsiones de la EIA (la Administración de Información Energética de EE UU), la producción de crudo dentro del país será en este 2018 superior al récord anterior alcanzado en 1970: en concreto, será de 3.905 millones de barriles. A su vez, la EIA también espera que la expansión prosiga en 2019, cuando ascenderá a 4.160 millones de barriles de crudo. 

A la luz de estos datos, es obvio que los partidarios de la teoría del «peak oil» se equivocaron clamorosamente, dado que la máxima producción de petróleo en suelo estadounidense no tuvo lugar en el pasado, sino que todavía se encuentra por llegar en el futuro: es decir, en términos energéticos, el mañana será más brillante que el ayer. Pero, ¿por qué cometieron un error tan considerable? ¿Cuál fue su principal equivocación? Pues, en esencia, no haber tenido en cuenta al recurso más escaso y valioso que existe dentro de nuestras economías y que no es ningún combustible fósil sino el capital humano: a saber, la inteligencia de centenares de millones de personas para cooperar a la hora de resolver aquellos problemas que constriñen nuestro progreso; en este caso específi co, el expansivo desabastecimiento energético.

Justo eso fue lo que sucedió: la elevación del precio internacional del crudo durante los últimos 50 años incentivó a los agentes económicos a buscar, por un lado, mecanismos para reducir su consumo energético y, por otro, fórmulas para abaratar el coste de producción de energía: el «fracking» sólo ha sido una de esas exitosas fórmulas. En defi nitiva, si bien nada nos garantiza que el ingenio humano será capaz de solventar eficazmente todos los problemas a los que se vaya enfrentando, lo cierto es que, hasta el momento, los catastrofistas que han apostado en su contra han ido perdiendo batalla tras batalla. 

 

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